¿Qué es este lugar os preguntáis?

El Dado Pisador

Las calles desiertas devolvían el eco de mis pisadas sobre la húmeda calzada. Una fina llovizna empapaba mi chaqueta y mi mochila. Había dirigido mis pasos hacia los callejones para intentar resguardarme un poco del agua que el viento arrastraba, y de pasada atajar para llegar a la estación. Aquello me había parecido una gran idea, pero mi orientación me jugó una mala pasada y ahora vagaba sin rumbo por un sinfín de desiertas calles, con la sensación de estar avanzando en círculos.


Tras lo que se me antojaron horas, me pareció oír el eco de una conversación en un callejón cercano. Tuve que contener las ganas de gritar y salir corriendo, giré la esquina apresurado, con una alegría casi dolorosa inflamándome el pecho, pero solo encontré otro callejón desierto. Mi expresión ensombreció, aceptando mi sino, debería vagar por aquellas calles fantasmales durante horas, empapado y con mis oscuros pensamientos como única compañía.


Eché otra ojeada al callejón y una pequeña brasa de esperanza creció en mi interior. Casi al final, tras una escalera de emergencia, vi un pálido círculo de luz iluminando una puerta en los bajos de un edificio destartalado. Me acerqué lentamente, combatiendo la euforia por el hallazgo de un lugar, posiblemente concurrido por alguien que podría ayudarme a encontrar el camino. Estando cerca un cartel captó mi atención. Era una de esas placas de madera, colgada por un perno en cada lado, que uno siempre suele ver en las tabernas antiguas, desde la Edad Media hasta una taberna pirata. Este era muy viejo, de una madera oscura y agrietada que no acertaba a identificar y grabado en la madera, con letras de plata rezaba "El Dado Pisador".


Golpeé la puerta tres veces. Nada. Volví a golpear la puerta con más ahínco. Sólo el sonido de la lluvia. Cuando hice ademán de golpear otra vez, una rendija se abrió a la altura de mis ojos. Una voz grave y ronca me contestó desde el otro lado:


– ¿Quién anda? – al no responder yo volvió a preguntar – ¿Qué propósito os trae?


No supe muy bien que debía responder, pensé que quedaría muy estúpido decir que me había perdido y no encontraba el camino para salir de allí, así que me limité a decir parte de la verdad.


– Sólo busco algo caliente y un lugar seco donde resguardarme de la lluvia.


Quedé sorprendido al oír mis propias palabras. Sin pretenderlo había sonado muy a la antigua usanza. Al parecer debió de funcionar porque al poco rato vi como la puerta se abría. Pasé dentro a toda prisa y noté el calor envolviéndome como una manta.


El lugar no era muy grande, una estancia cuadrada donde apenas cabía un mostrador junto a la puerta y unas escaleras raídas que bajaban hacia algún lugar sabe Dios dónde. Giré la cabeza para mirar el mostrador y vi a un chico vestido con ropas de tabernero, como esos que salen en las películas. Me costó advertirlo pero no estaba solo, entre la puerta y el mostrador que quedaba a la derecha había un hombre sentado. Era muy pequeño, su cabeza me llegaba al estómago, y tenia una gran barba de color castaño.
El muchacho me miró detenidamente y tras clavarme una mirada en los ojos que me fue difícil soportar me habló.


– Parece que por fin tenemos a un nuevo cliente – salto detrás del mostrador y dijo – sígueme muchacho.


Su voz era alegre y jovial, y sin quererlo me encontré siguiéndole con una sonrisa en los labios. Me fijé en que iba descalzo y tenía muchísimo pelo en los pies. Bajamos la escalera y atravesamos una puerta de madera. En cuanto abrió la puerta noté el cambio. La música bailaba en el aire, acompañada por el zumbido de las conversaciones. Aquella sala era enorme, con largas mesas en el centro y pequeños espacios más reservados en los costados. Tenía por lo menos cuatro barras de bar y un escenario enorme en el fondo donde en esos momentos tocaba un hombre con un violín. El lugar olía a tabaco, carne asada y sudor, pero desprendía un sentimiento de camaradería como yo jamás había sentido.


En el local había toda clase de gente y de criaturas, de todas las épocas y mundos. Pero por alguna razón aquello no me pareció extraño. Me invadió aquella sensación que tiene uno cuando vuelve a casa después de un largo viaje.


No recuerdo mucho de aquella noche si he de ser sincero. Recuerdo que bebí y comí, escuche anécdotas que me hicieron reír hasta llorar, me contaron historias que me hicieron verter lágrimas de dolor, y también conté alguna que otra broma. Pero lo que sí recuerdo es que sin darme cuenta el amanecer llamó a la puerta. Salí de aquel lugar, confundida y embotada la mente, pero con la certeza de saber que volvería aquella y todas las veces que me fuera posible.


Había encontrado un lugar para mi. Y quién sabe, si atendéis bien y el humor me acompaña os contaré más cosas sobre lo que allí me aconteció.

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